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Archive for 25 junio 2010

Poesía de antaño

Medias alas y sus tintas

  • De presente a presente. Aquí y ahora, constancia queda
  • cada cual y su presente en uno solo.
  • Afloró con las primeras la primavera,
  • y en el sueño remoto del invierno ya vencido,
  • asomó la nostalgia, su pasado y su poema

 

  •  Un solo instante sucesivo,
  • uno solo como mota rodando,
  • remando, asomando lo nuevo y lo perdido,
  • y resolviendo en hechiceras interioridades,
  • la vía y su camino

 

  • Ya la proyección avisa. ya aventaja
  • el halo del polvo moteado de estaciones
  • al curso práctico del tiempo
  • Ya se adivinan
  • en las dinámicas variaciones de la rueda

 

  • Y el nombre contenido,
  • y la historia por ya escrita repetida
  • Y el destino trazado
  • y, hollado en el rodar,
  • la primavera rota en su esquina

 

  • Quizás San Juan la recomponga. Digo Juan,
  • digo Juno, digo Jano, digo vino en vano.
  • Alegría, rodar, sudar, buscar y buscar a ese ser,
  • sentirse algo divino y muy humano.

            Caricatura

  • Ángel vencido, de plumón acomodadado,
  • de luz difuminada en el sendero, en el camino entre las manos
  • con el corazón en vilo, acompañado y acompasado del sonido,
  • de las piedras desprendidas del mar divino a la existencia ilusoria,
  • de lágrimas pesadas con alas rotas.

Frater

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En nosotros una chispa del fuego sagrado corre el riesgo de extinguirse si no la avivamos. Podemos preservarlo si lo hacemos aumentar, si lo convertimos en hoguera que nos abrase, y así pasar de una única vida a decenas de vidas que se extinguirían, integrándose en la energía del universo, al perecer el último grano de nuestro racimo. La clave no es superar la muerte inevitable de cada grano sino hacer que el Fuego de nuestra vida, se transfiera a un nuevo grano del racimo constituyendo un nuevo capítulo de nuestra historia. No somos inmortales, pero somos el vehículo de la inmortalidad, transportamos el Fuego. Hagamos sagrado nuestro ser y lo conservaremos.

“Espiritualizar la materia, materializar el espíritu”.

 En la Tradición Hermética se insinúan diversos caminos para operar la transformación. La alquimia, en su máxima solve et coagula, indica que debemos “separar antes para reunir”. Separar nuestros componentes, tomando consciencia de cada uno por separado, para posteriormente reunirlos, lo que conlleva recuperar nuestra esencia andrógina, o alumbrar a nuestro doble gemelar o Géminis.

El arte real se completa en cuatro fases, a partir del nigredo o muerte simbólica de la materia, alegórica transformación de plomo en oro, que el Iniciado considera transformación de uno mismo.

La vida trascendente en alquímia se simboliza con los cuatro elementos, coincide con cuatro estados fundamentales del proceso alquímico. El secreto del “renacimiento” del adepto se halla en la Piedra Filosofal. Su método de explicación  “ignotum per ignotius” lo ignorado por lo más ignorado, conduce desde simbolismo y alegoría al sistema que permite extraer el “oro potable”, “elixir de vida” o “piedra filosofal”, trabajando el alma de la materia.

La alquimia alejandrina distinguía cuatro fases o colores correspondiente a los cuatro estados de la materia en su ciclo de transformación alquímica, desde el ennegrecimiento o nigredo, que representa simbólicamente la materia prima, cuyo fin es la muerte. Estado que se subdivide en mortificatio, calcinatio y putrefatio; la muerte de la materia supone para el adepto la muerte simbólica o abolición del ego.

El simbolismo, los mitos y leyendas, indican el camino para recuperar el origen

La muerte iniciática representa el inicio de la maduración áurea. Fase que debemos realizar (para seguir en el proceso de iniciación), aboliendo nuestro yo mundano y reconociéndonos en dimensión distinta a la de nuestro yo contingente. Morimos simbólicamente para comenzar nuestro proceso de iniciación (que alegorizamos en los velos de Isis). Debemos realizar la obra de “transformación” del hombre para llegar al Anthropos u hombre realizado por la culminación de la maduración áurea, resultado natural del nigredo Con este conocimiento o Nous, asimilado a la comprensión pura, aprehendemos que una parte de nosotros mismos, el Fuego, nos ofrece la posibilidad de vivir otras vidas, si somos capaces de unificar “carne, alma y espíritu”.

De esta muerte durante el nigredo en que se sume la materia, con su lavado se llega al estado albedo (argénteo o lunar) o blanco puro, color que reúne en sí a todos los otros, representado simbólicamente por la cauda pavones (cola de pavo real).

El estado de albedo o blanqueado se obtiene cuando la materia, a través de sus sucesivas transformaciones, ha pasado del color negro de su primer estado al color blanco, con el que culmina su transformación. La materia prima del hombre, inicialmente negra, puede ser iluminada, “albedo”, en sucesivas transformaciones, en la revelación del Espíritu que anuncia su intemporalidad. El hombre debe seguir a partir de aquí sobre su espíritu.

La condición luminosa del albedo es símbolo de la espiritualidad solar. Nuestra diferenciación sexual no es del todo definida sino que hombres y mujeres somos andróginos, pues conservamos rastros del sexo opuesto. Ni el hombre se puede identificar estrictamente con el Sol ni la mujer con la Luna, pues conservamos, psíquica y morfológicamente, huellas de nuestro opuesto. Tampoco podemos asociar al hombre al medio seco y a la mujer al medio húmedo. Smbos poseemos por igual el fuego, cuyo verdadero sentido simbólico es nuestra Espiritualidad Solar. Por acción de nuestro opuesto, nuestro doble interior, superamos la “edad oscura”  La transformación del espíritu, contrariamente a la transformación  de la  materia, no termina irrevocablemente en la muerte sino en su opuesto: la vida.

 La siguiente fase, la materia debe tomar el color citrinitas (amarillamiento o aurificación) y pasar a continuación al enrojecimiento, rubedo o estado solar. Rubedo, es el enrojecimiento de la materia prima que es el hombre. En la tradición hindú, el hombre como el hierro puede ponerse al rojo vivo y ser moldeado, la naturaleza del ser, calentada por el fuego, resiste a todo y permanece inalterable. En la tradición alquímica, que debemos entender como la transformación interior, el hombre se busca a sí mismo dentro de sí mismo. “Mira dentro de ti y busca al Espíritu, y no olvides que el Espíritu está presente en tu búsqueda”. La fase rubedo es aproximación al Fuego y a la transformación que opera en nosotros, permitiendo que el Espíritu “dé mesura a lo desmesurado”, que haga cognoscible en nuestra mente lo que le resulta desconocido a la luz de la razón. Para ello, debemos avivar, por el fuego de la imaginación, nuestra capacidad intuitiva, lo que sólo es posible cuando nuestro espíritu animado por el Fuego nos integra en nosotros mismos.

Simbología, en la que los colores blanco (la reina) y rojo (el rey), se unen en la conjunctio o matrimonio alquímico, celebrando el reencuentro de lo femenino y lo masculino. Equilibrio de los contrarios que opera en todas las fases de obra, tanto profanamente en la transformación de la materia como espiritualmente, en la transformación del alma.

En la materia primera, agua y fuego, aunque contrarios son una misma cosa; y el ánima y el ánimo, aire y el fuego, aunque opuestos se conjugan en una sola entidad en el alma del filósofo, como hijo del cosmos que accede a la dimensión Anthropos

El elemento que propicia la inmortalidad es el ·aqua sapientum·, elixir de vida capaz de vivificar, que se obtiene del agua del baño donde Sol y Luna se unen en matrimonio alquímico. De la Luna, lo húmedo, Isis o materia primera, surge el hombre que mantenido en el vientre materno (medio húmedo), pasa sucesivamente por las fases Aire y Fuego antes de nacer, o renacer, sobre la Tierra. El alma que debe renacer es representada como la Femineidad o Agua, mientras que el cuerpo viene representado por los otros tres elementos.

La segunda mortificatio de la materia, representa asimismo la caída del hombre en la materia. Aunque en tradición alquimia, la mortificatio de la materia se limita en apariencia a una única fase.  En la búsqueda espiritual, el estado de mortificatio es doble porque debemos renunciar a nuestra vida de hombres sociales (“matar” nuestro ego) para renacer. La vida no es solamente nuestro desarrollo vital como individuos. Concebida sólo en función del ego, es un empobrecimiento constante.

La vida renunciando al mundo, es un juego, un acto de amor consigo mismo y con los otros. Inhibirse del juego, renunciar a sus rasgos apolíneos, conduce al hombre a su fin inexorable.

Mirarse de frente es descubrir que ni somos rehenes de la muerte ni culpables de pecados ajenos. El pecado, simplemente, es un arma de sojuzgamiento vital que nos ha desposeído de la inocencia de los orígenes. Reivindicar el derecho al juego de la vida, recuperar la inocencia primordial, es aspirar a beber de nuevo la savia mística del Árbol de la Vida.

En el Edén el hombre y la mujer eras seres luminosos, exentos de pecado y de muerte. Mucho después la teología rabínica determinó que el pecado suponía la muerte del alma.  Siglos más tarde, el cristianismo estableció como dogma de fe que si el alma es lavada de culpas, alcanza la vida eterna. Se creaban así unas ideas que socialmente iban a suponer un sofisticado instrumento que permitiría el sojuzgamiento del hombre, consciente al fin de que su vida sobre la Tierra era efímera y que si quería prolongarla espiritualmente después de la inevitable desaparición de su cuerpo terrestre, debía plegarse dócilmente  a los dictados de las teocracias.

La mística alquímica interpreta la ofrenda de los reyes al nacimiento del Jesús: Melchor, ofrece oro: símbolo de realeza, del hijo de rey,  expresando transformación áurea. Gaspar, sacerdote, ofrece incienso, en honor de la divinidad. Baltasar, que representa la materia prima del hombre, ofrece mirra que procura vida eterna a través del nigredo o muerte simbólica de la materia. Sin embargo, en los Salmos de Salomón se alude proféticamente a la visita del rey de Tharsis al Mesías recién nacido, este rey o Acaunum (Piedra, en céltico), debía venir de Occidente,  y ofrece una simple piedra saludándolo como Espíritu Eterno.

Compuesto desde el Arbol de la Sabiduría

R.Hervás

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ALQUIMIA

Del Espíritu universal del Mundo

  • Hay un Espíritu-cuerpo, primogénito de Natura;
  • muy común, muy oculto, muy vil, muy precioso
  • conservante, destructor, bueno y malicioso,
  • comienzo y fin de toda criatura.
  • Triple en substancia es, de sal aceite y agua pura;
  • que lo coagula, amasa y riega todo en sus partes bajas
  • siendo seco, untuoso y húmedo en sus partes altas,
  • apto para recibir cualquier forma o figura.
  • El solo Arte, por Natura, a nuestros ojos lo deja ver;
  • Recela en su centro un infinito poder;
  • provisto de las facultades del Cielo y de la Tierra.
  • Es Hermafrodita y da crecimiento
  • a todo aquello con lo que mezcla indiferentemente
  • ya que en sí mismo todos los gérmenes encierra

Clovis Hesteau de Nuysement

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En la antigua tradición griega se alude al país de los hiperbóreos como isla situada tras la tierra celta, en el remoto Atlántico Norte; Allí habría nacido el atlante Abaris, padre de Apolo, quien -según cita Diódoro- emigró a la isla de Delos para crear una estirpe de iniciados que no conocerían la muerte.

En Delos Abaris, conoció a Leto, y engendraron a Apolo -dios de la luz- quien transporta diariamente el Carro del Sol por el cielo, y quien durante el tiempo de los eclipses se oculta en la isla natal de su padre, y al regresar a Delos recordaba a los hombres que si miraban de frente jamás serían rehenes de la muerte.

Nietzsche, reconociendo los perfiles apolíneos del hombre conmina “Mirémonos de frente: somos hiperbóreos” ¿pero, hemos superado ser rehenes de la muerte para mirarnos de frente? Respuestas concretas son señaladas por Jung (conecta pensamiento medieval y subconsciente colectivo), en el esoterismo. Respuestas que no alcanzará el hombre que renuncia a la aventura de vivir y se somete a la muerte anunciada.

Según la terminología occidental, al nacer la psique del hombre se escinde en dos esferas: consciente y subconsciente.

El hombre que en vida, enriquece ambas esferas, accede a un nivel de pensamiento suprapersonal, y desde este a determinadas formas de renacimiento espiritual.

Los cátaros, reprochaban a sus perseguidores cristianos el poseer un pensamiento unidimensional que les incapacitaba comprender la rica personalidad de los buenos hombres que poseían un alma cuádruple,  no unitaria, ni dual.  Un alma que les permitía, a voluntad, proyectarse espiritualmente fuera de su propio cuerpo en vida, y reencarnarse tras la muerte cuantas veces fueran necesarias para la perfección.

Entre las visiones del mundo desarrolladas por las diversas corrientes del pensamiento, el cristianismo concibe el tiempo como lineal, mientras para el pensamiento helénico era circular o cíclico, y el tiempo, la duración cósmica era repetición, eterno retorno.

Concepto cíclico del tiempo, que asimila no obstante la tradición cristiana con la Parusía o segunda venida de Jesús, anunciadora del Fin del Mundo. Lo que se ha entendido siempre como destrucción de nuestro planeta, cuando -siguiendo fielmente el pensamiento de Jesús- sólo podemos entenderla como aparición de un hombre nuevo.

Pasar de la unicidad a la cuaternidad, en un primer paso, implica renunciar al yo tal como lo concebimos, y especialmente cambiar nuestras estructuras mentales condicionadas por el legado de nuestra cultura. Darnos cuenta que de la realidad que nos llega del exterior vía nuestros sentidos, solo captamos lo superficial. La facultad de ver lo invisible nos proporciona la Sophia, de la que gozara el hombre Edénico antes que Dios anulando su androginia primera lo desgajara en dos. Lo terrible fue perder la Sophia, nuestras hoy ocultas capacidades cognoscitivas

El hombre posee en el centro ajna, chakra localización del espíritu a la vez que órgano de percepción; aprendiendo a desarrollarlo podemos acceder al conocimiento de estadios superiores del ser. El ajna-chakra, se corresponde con nuestra glándula pineal: centro que tenemos atrofiado y que, en individuos que poseen mínima actividad glandular. Pretendamos abrir ese ojo cerrado, ese Ojo del conocimiento, esa esmeralda, y posibilitar  comunicar nuestra individualidad con lo situado tras los límites humanos: lo universal o divino. Para abrirlo se requiere determinadas condiciones previas, tales como asumir la androginia primordial del hombre. Una vez abierto el Ojo del Conocimiento o Tercer Ojo podemos sentir la naturaleza y penetrar en la abstracción del universo. Si Sophia es el pensamiento caído del Padre, debemos reintegrarla a la unicidad de la que no debió separarse.

Cuando Jesús hablaba a sus seguidores de recuperar su esencia inmortal, les invitaba a la otra orilla. Les decía “Está anocheciendo. Pasemos a la otra orilla”. Se trata de la orilla del conocimiento, otra dimensión de la mente, zona situada entre nuestra consciencia y nuestro inconsciente, nuestra “mente crepuscular”.

Pasar a la otra orilla implica, cierta renuncia a nuestra estricta mente racional y asumir la mente crepuscular, o parcelas inexploradas de nuestra mente. Situarse en ella implica desarrollar nuevas parcelas de raciocinio, comenzando por pensar con órganos distintos del cerebro, según el axioma de la fisiología, la función crea el órgano.

En psicología, todo proceso mental establecido a través del yo es un trabajo consciente. No podemos seguir esa vía, tampoco la opuesta.

Hemos de introducirnos mediante un correcto procedimiento, en la mente crepuscular, entre las luces de la razón y las tinieblas del inconsciente.

 Tomado del Querido R. Hervás.

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El hombre recibe de los astros “energía sutil”  la que Paracelso llama “cuerpo astral” y Cornelio Agrippa “eidelon”; esta energía la vamos acumulando en nuestra vida, y nos afecta a todos sin disitinción. Pero esta energía puede perecer si el hombre no aprende a integrarla con el Espíritu Universal.

Los iniciados han sabido desde siempre, lo que modernos estudios parecen determinar en ciertos hechos, tales como la influencia del pensamiento, de la acción psíquica, sobre la materia. Hoy podemos decir que una ondulación energética se desprende de manera constante no sólo del ser vivo, animal o vegetal, sino también del mineral, incluida la piedra. No obstante reconocemos que somos incapaces de verla por la limitación de nuestros sentidos.

Los hermetistas nos hablan de mundos paralelos, de la capacidad del hombre para extraer su cuerpo astral de su físico y “materializarlo” al exterior. La noción de vivir se establece así en distintos mundos. Hace ya dos siglos el sabio astrónomo Flamarion nos hablaba de la pluralidad de mundos habitados.

Algunos sienten su vida como una “espiga” o racimo, en los que subyace la promesa de una vida que se renueva una y otra vez, en cada uno de sus granos.

 En todas las religiones y mitologías, aparecen dos temas recurrentes íntimamente relacionados: la esperanza de volver el hombre a la vida y la nostalgia por recuperar el paraíso perdido.

Desde la antiguedad el hombre abriga el recuerdo arquetípico que sus antepasados no conocían la muerte. Creencia asociable a su concepto de tiempo, que a diferencia del hombre moderno que vive en una realidad profana delimitada por espacio y tiempo, se caracterizaba por un tiempo-espacio mágico o sagrado

En las religiones, además de alimento espiritual, destaca el mensaje de vida eterna que el sacerdote promete al creyente. Promesa en la que subyace el acto de pasar de nuestro tiempo profano al tiempo sagrado en el que reina Dios. El sacerdote explota socialmente la noción de Dios y lo convierte en un elemento de opresión. El hombre se rebela ante la figura divina que le imponen y, lúcido como el gnóstico, llama a Dios el Cronoscrator: el Dueño del Tiempo.

Hace veinticinco siglos Sócrates definía al hombre como un compuesto de tres elementos: soma (cuerpo), psique (alma) y socius (capacidad de relacionarse).              El pensamiento cristiano, solo consideración el cuerpo perecedero y el alma inmortal.

Conformada nuestra mente por la filosofía y la religión, nuestra vida se desarrolla dentro de un tiempo profano delimitado por dos acontecimientos clave: el nacimiento y la muerte, ambas experiencias personales que como tales vivimos en función del yo, que es solamente una parte de nosotros mismos.

Somos seres racionales y la vida la basamos en nuestra racionalidad. Vivimos en función del yo como si fuera la totalidad de nuestro ser, cuando es solamente uno de sus componentes. Y si vemos la vida sólo con los ojos de la razón una parte sustancial de la vida se nos oculta.

El yo es el centro de nuestra consciencia, de nuestra identidad. Pero en nuestra mente hay una zona oscura, un mundo de sombras, al cual llamamos inconsciente. Es en esta zona oscura donde repercute el eco de los mitos, de los símbolos. Pero huimos de esa zona y, rechazando los símbolos, en realidad estamos rechazando la vida. Nos refugiamos en el sereno abrigo de la consciencia y la razón porque cualquier incursión en el terreno del inconsciente se nos antoja siempre aventurada.

Vivimos en el paroxismo del desarrollo de la razón, en una era de profundo desarrollo tecnológico donde todo se sacrifica, comenzando por la vida del hombre, a la acumulación de riquezas y poder, gracias a lo cual, en realidad, vivimos en la más absoluta barbarie del espíritu.

Tomado del maestro amigo R. Hervás

  • Cardo ni espinas cultivo
  • Cultivo la rosa blanca.

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SUFISMO

GRADOS DE ASCENSIÓN MÍSTICA

SUFI el que viste SUF (lana blanca) vestidura religiosa que ya fuera portada por Moisés, ….., y Mahoma.

Pese a no conceder importancia a las diferencias conceptuales, los sufíes tienen clasificaciones, grados y etapas, que les ayudan a situarse sin que por ello encierren a la persona en una categoría concreta.

Dividen a los hombres en tres grandes clases:

  • 1. Los hombres ordinarios: despreocupados, extraviados, distraídos, pecadores, mundanos, zafios, atareados con las cosas de este mundo. Hombres que viven bajo el predominio de la nafs o alma carnal del yo
  • 2. Los compañeros del recto camino (sáliks): buenos, devotos, justos, pero limitados al conocimiento exotérico y a un piadoso compromiso entre los apetitos terrestres y los deseos espirituales. Hombres  que obedecen al  ‘aql,  razón o efectividad naturales
  • 3. Los místicos y santos, a los que buscan la gnosis, el conocimiento esotérico, y aspiran al amor absoluto del Dios Único, Estos hombres se ponen bajo la dirección del rûh o espíritu que participa del intelecto divino, para liberar el último extremo del alma -sirr- de cualquier sujección que no sea la del amor unitivo de Dios.

Entre los tres niveles se estableen relaciones internas, se teje entre ellos una red de tendencias, deseos, experiencias que se combaten o ayudan mutuamente, fuerzas con las que se representa el drama poético de la metamorfosis del hombre en Dios, el misterio de su teomorfosis, Apareceran unas y desaparecerán otras, y el ser definitivo surgirá de su aniquilamiento. La victoria total exige una derrota total. El que decide debe realizar, en persona y sobre sí mismo, la decisión. La experiencia de la santidad sólo puede ser personal

Como toda mística, el sufismo enseña las tres vías sucesicas, en las que la vida inferior jamás es abandonada por la que le sigue, deja sólo de ser preponderante. La vía purgativa es la de la mortificación de los sentidos, duro combate contra los deseos carnales, contra el alma (anfs, el yo) que vitaliza el cuerpo; es la vía de la austeridad y del ascetismo más severo; es la vía del principiante. La vía iluminativa eleva el corazón (ghaib) y el espíritu (ruh) manteniéndolos al nivel del deseo y del conocimiento sólo de Dios; puede ser acompañada de visiones pasajeras y dulzuras espirituales; pero transcurre a menudo también, en una larga y dolorosa noche oscura, no sólo de los sentidos sino también del espíritu; todo el ser permanece suspendido de la luz y el amor de un Dios que, en vez de manifestarse, permanece oculto y silencioso, Pero en estas tinieblas se prepara su iluminación, es la vía del que progresa (sálik). La vía unitiva es la de la unión íntima entre Dios, a la vez trascendente e inmanente, y el núcleo más puro del alma, el úiltimo extremo (sirr), despojado  de toda escoria, de todo vínculo terrestre, de la ilusión y del pecado, fijo en la contemplación y el goce  amoroso de Dios que lo habita y en quien habita: es la vía del perfecto

Tomado de Jean Chevalier

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