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Archive for 21 noviembre 2010

El YO DIOS

       Los fenómenos espacio-temporales que tienen lugar en el cuerpo de un ser viviente en correspondencia con, la actividad de su mente, su autoconciencia o con otras acciones están estadísticamente determinados.

La indeterminación cuántica no desempeña en ellos un papel biológicamente accidental en los casos de meiosis, mutación natural o inducida por rayos, y otros fenómenos.

Las experiencias inmediatas, por sí mismas, y a pesar de su variedad y disparidad, no pueden estar en contradicción las unas con las otras

De las premisas: “el cuerpo humano funciona como un mero mecanismo de acuerdo con las leyes naturales”, y “es uno mismo quien dirige sus movimientos, cuyos efectos puede prever, con lo que puede aceptar plena responsabilidad sobre los mismos”, cabe inferirse: yo soy (en amplio sentido, es decir con toda mente consciente que pueda alguna vez haber dicho o haberse sentido “yo”) quien controla, de hacerlo alguien, el movimiento de los átomos de acuerdo con las leyes naturales.

En algunos medios culturales, que no admiten sino limitadamente ciertas ideas, puede resultar atrevido formular tal conclusión con toda la simplicidad adecuada. Decir, en términos cristianos: “Por lo tanto, yo soy Dios Todopoderoso”, suena a loco y blasfemo a un tiempo. Pero olvidemos por el momento tales connotaciones, y consideremos si semejante conclusión no es una muestra de hasta qué punto puede acercarse un biólogo a demostrar la existencia de Dios y la Inmortalidad.

La intuición en sí no es nueva. Sus primeras huellas se remontan a unos dos mil quinientos años o más. Desde los primeros Upanishads, se consideraba en el pensamiento indio que el reconocimiento del Atman como idéntico al Brahman (el yo personal igual al yo eterno omnipresente y omniabarcativo), lejos de ser una blasfemia , representaba la quintaesencia de la más profunda intuición acerca del mundo. El anhelo del discípulo del Vedanta consistía, tras haberlo aprendido a pronunciar con los labios, en llegar a asimilar realmente en su mente este pensamiento, el más grandioso concebible.

Posteriormente, de modo independiente -pero en perfecta armonía-, los místicos -en el acontecer de los siglos- han descrito cada uno esta experiencia única , Deus factum sum (me he convertido en Dios).

Este pensamiento, en la ideología occidental, ha seguido resultando extraño a pesar de haberlo defendido Schopenhauer y otros, y pese a que esos verdaderos amantes que al mirarse a los ojos que sus pensamientos y gozos son numéricamente uno y el mismo.

Otras consideraciones que caben añarirse, son: La conciencia se experimenta siempre en singular, incluso en los casos patológicos de conciencia escindida o doble personalidad, estas se alternan y no se manifiestan simultáneamente; En los sueños creamos al mismo tiempo diversos personales, de entre los que el “yo” se identifica a uno de ellos, a través del cual hablamos y actuamos, esperando la respuesta de otro personaje, sin percatarnos de que es uno mismo quien controla sus movimientos y su discurso al igual que hacemos con el propio.

¿Cómo puede surgir la idea de pluralidad? La conciencia se encuentra en sí misma en íntima conexión y dependencia con el estado físico de una porción concreta de materia: el propio cuerpo. Ahora bien, existe una gran multitud de cuerpos semejantes. De aquí que la pluralidad correlativa de mentes o conciencias aparezca como hipótesis muy sugestiva.

Ello lleva, casi inmediatamente, a inventar las almas, tantas cuantos cuerpos existen, y a preguntarnos si son mortales como el cuerpo o inmortales capaces de existir por sí mismas. La primera alternativa resulta molesta, la segunda ignora o descuida los hechos sobre los que descansa la hipótesis misma de la pluralidad

Estas hipótesis, deben ser suficientes para poner en duda la idea misma de pluralidad, que forma parte de todos los credos oficiales occidentales. ¿Acaso no significaría incurrir en estupidez mayor el tratar de descartar de esa idea sus burdas supersticiones , intentando ponerle “remedio” por el simple expediente de declarar que las almas son perecederas y quedan aniquiladas a las vez que sus cuerpos respectivos?.

La única alternativa posible consiste en atenerse sencillamente a la experiencia inmediata, “la conciencia es un hecho en singular”, no hay más que una sola cosa, y lo que nos parece pluralidad de cosas no son más que una serie de aspectos diferentes de esa única cosa, producto de un engaño (Maya); es la misma ilusión la que produce una galería de espejos o como Gaurisankar y el Everest, que resultaron ser el mismo pico visto desde valles diferentes.

Tenemos la mente ocupada de una serie de historias fantásticas que nos impiden reconocer y aceptar este hecho tan simple.. Aunque yo diga que hay un árbol detrás de mi ventana, yo realmente no veo el árbol; lo que yo percibo es la imagen que del árbolreal se forja en mi mente en virtud de no se qué ingenioso mecanismo. Si alguien a mi lado mira el mismo árbol, también él consigue formarse una idea del árbol en su alma. Cada uno ve su árbol (que se parecen notablemente) pero ninguno sabemos qué o cómo es el árbol en sí. La paternidad de semejante extravagancia corresponde a Kant. En el orden de ideas que considera a la conciencia como un singular tantum todo ello queda convenientemente sustituido por la afirmación de que evidentemente no hay más que un solo árbol, y que todo el asunto de las imágenes no son más que fantasmagorías.

Sin  embargo todos tenemos la indiscutible impresión de que la suma total de las propias experiencias y recuerdos forman una unidad, absolutamente distinta de las de cualquier otra persona. A esa unidad le damos el nombre de “yo”. ¿Qué es ese “yo”?.

Analizándolo de cerca, no es más que una colección de datos (experiencias y recuerdos) singulares, esto es, con el lienzo en que todos ellos se contienen. En íntima introspección, finalmente encontramos con lo que queremos dcir al referirnos al propiob “yo” que es esa materia prima que sirve de soporte a todos aquellos dtos. Si nos marchamos a un país lejano, perdiendo de vista a nuestros amigos, e incluso si nos olvidamos de ellos; pero adquirimos nuevos amigos con los que compartimos con ellos la vida con igual intensidad que con los anteriores. Cada vez va perdiendo importancia de acordarnos de nuestra vida anterior, mientras vamos viviendo la nueva. Podemos llegar a hablar de nosotros mismos en tercera persona: “el joven que era yo entonces”; de hecho, es probable que el protagonista de la novela que leemos nos resulte más emotivo, y ciertamente más intensamente vivo y mejor conocido que aquél. Y sin embargo, no ha habido ninguna ruptura intermedia, ninguna muerte. Aún en el caso de que un hipnotizador experto consiguiera aflorar nuestras antiguas reminiscencias, no sentiríamos que aquel yo hubiera matado a nuestro yo actual. No hay que deplorar la perdida de ninguna existencia personal en ningún caso

Ni tampoco habrá que deplorarla nunca.

Tomado de My View of the World de Erwin Schrödinger , Premio Nobel de Física 1933, descubridor de la mecánica ondulatoria, cuya ecuación de onda se convirtió en el núcleo de la moderna mecánica cuántica.

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Continuidad de sentido

     El destino del hombre, en la lucidez de su consciencia, posee una “continuidad de sentido” que trasciende del tiempo a lo intemporal y de lo intemporal al tiempo, por la primacía del Espíritu sobre la Materia.

Esta continuidad, preserva a su individualidad tras la disgregación de la materia a su muerte, ya que su proyección previa sobre el Espíritu le permite englobarse al Uno Universal.

 El hombre que es capaz de integrarse emocionalmente con su espíritu, desencadena un “agente desconocido”, un mecanismo psíquico susceptible de hacerle transcenderse más allá de su consciencia.

 El hombre, integrando su espíritu a El Espíritu Dios-campo, incomprensible e inconmensurable; se integra en un campo de gravitación hiperfísica donde no experimenta sensaciones o impresiones sino atracciones “ideales” que reglan su conducta permitiéndole la libertad de ejecución y de adaptación.

 Desde el siglo XIX, el hombre es capaz de concebir la muerte del cosmos por su acción, al ser el microcosmos (lo que está abajo) reflejo del macrocosmos, (lo que está arriba), pero si el  hombre perdiera su alma al morir el cosmos también moriría al desvanecerse su alma. Afortunadamente colegimos que el alma de cada cual, no desaparece con la muerte como tampoco lo hace el Espíritu Cósmico.

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