El destino del hombre, en la lucidez de su consciencia, posee una “continuidad de sentido” que trasciende del tiempo a lo intemporal y de lo intemporal al tiempo, por la primacía del Espíritu sobre la Materia.
Esta continuidad, preserva a su individualidad tras la disgregación de la materia a su muerte, ya que su proyección previa sobre el Espíritu le permite englobarse al Uno Universal.
El hombre que es capaz de integrarse emocionalmente con su espíritu, desencadena un “agente desconocido”, un mecanismo psíquico susceptible de hacerle transcenderse más allá de su consciencia.
El hombre, integrando su espíritu a El Espíritu Dios-campo, incomprensible e inconmensurable; se integra en un campo de gravitación hiperfísica donde no experimenta sensaciones o impresiones sino atracciones “ideales” que reglan su conducta permitiéndole la libertad de ejecución y de adaptación.
Desde el siglo XIX, el hombre es capaz de concebir la muerte del cosmos por su acción, al ser el microcosmos (lo que está abajo) reflejo del macrocosmos, (lo que está arriba), pero si el hombre perdiera su alma al morir el cosmos también moriría al desvanecerse su alma. Afortunadamente colegimos que el alma de cada cual, no desaparece con la muerte como tampoco lo hace el Espíritu Cósmico.